Adagio de un hombre discreto
Adagio de un hombre discreto
(Relato que me publicaron en la revista Type Literaria)
—Pues podemos quedar en el café Le Giubbe Rosse. ¿Qué les parece?… A las cinco y media, sí. Pero sólo para un cuarto de hora, que hoy tengo un día muy ocupado.
Y, efectivamente, como si aquel hombre fuera el encargado de mover en ese instante el minutero del reloj de pared, allí se presentó a la hora señalada.
Su compañero, el fotógrafo, lo estaba esperando en la puerta del local y lo acompañó hasta la mesa en que se encontraba Máximo. Éste, poco antes de incorporarse para saludar al recién llegado, le hizo una discreta señal a un camarero situado detrás de la barra, quien de forma inmediata manipuló en los botones de un tocadiscos.
—Máximo, de La Nueva Gazzetta. ¿Quiere tomar algo mientras hablamos, señor Remo? En primer lugar he de darle las gracias también por citarnos en un café tan emblemático de Florencia. Resulta que nada más llegar aquí, nos hemos enterado por varios dibujos colgados en la pared de su curiosa historia. Sin duda que es muy original que se le llame así al local por las casacas de sus camareros.
—La inventiva del pueblo, que al final termina por imponerse. Desde que vine a vivir a esta ciudad, es uno de mis sitios preferidos. Como pueden ver, entre la variopinta cantidad de láminas que adornan el café, hay varios carteles de películas protagonizadas por los casacas rojas de la policía montada del Canadá, paralelismo claro con las chaquetillas de los camareros. Mientras tomo café, trato a veces de evocar la música de dichas películas.
—¿Y qué le evoca esta música compuesta por usted, don Remo Giazotto, pero que se empeña en atribuirle a otro, a un autor de hace nada más y nada menos que dos siglos?
Había muy pocos clientes a esa hora en el establecimiento, en una mesa bastante alejada, por cierto. Tampoco hubo una respuesta rápida a la pregunta. De modo que las primeras notas regulares, parsimoniosas del órgano, dominaron majestuosas en el ámbito de la estancia. Era muy fácil reconocer el principio del Adagio de Albinoni. Máximo, mientras esperaba con interés las palabras de Giazotto, le hizo otra señal de agradecimiento al camarero de la barra.
—Un espresso, por favor —se limitó a decir Giazotto en ese momento.
Luego siguieron unos segundos tensos, graves, marcados por los pizzicatos de los violonchelos y el contrabajo. Los sonidos eran eco de pasos sobre el pavimento de una catedral. Una corta introducción musical antes de que el hombre volviera a hablar.
—Así figura en la portada de la edición de la partitura que se publicó hace once años. Hoy aprovecho para repetirlo ante este medio: Se trata de una obra de Albinoni; yo solamente me ocupé del arreglo.
Al pausado ritmo del bajo se incorporaban en ese instante los violines, con notas lánguidas, lacrimosas.
—Pero perdone que insista, señor Remo, usted dijo entonces que lo que se encontró en 1945 tras el incendio de la Biblioteca Estatal de Dresde, por efecto de los bombardeos, fue tan sólo un fragmento con el pentagrama del bajo y una frase musical incompleta con seis únicos compases… El Adagio, en todas las ejecuciones que lo están haciendo mundialmente famoso, desde que se conoció por primera vez en 1958, desde que usted sacó a la luz su arreglo, según dice, dura casi nueve minutos… Son muchísimos los compases que contiene. Y varios los instrumentos… Además, la propia secretaria de la Biblioteca afirmó que en dicho incendio se perdieron muchas obras, en efecto, de Albinoni y de otros, pero no una copia fiel del registro de las partituras que allí estaban; y que en dicho registro no constaba esa determinada partitura.
—Pues no sé qué motivos podría tener yo para engañarles…
La seriedad era una constante que reflejaban sus ojos, apenas expresivos, gran parte del tiempo fijos en la taza de café.
—No se trata de un engaño predeterminado, por supuesto, Tal vez no fueron conscientes, en el momento de la edición, de la enorme trascendencia que iba a tener esta obra en poco más de una década. Hoy es un éxito de audición comparable al que tienen los Beatles, Adamo o Celentano, por hacer un paralelismo fácil con la música pop. Y, si nos centramos en la clásica, las Estaciones de Vivaldi, la Suite n.º 3 de Bach y el Adagio de Albinoni, o de usted, son seguramente el podio del Barroco, tanto para entendidos en ello como para el público en general. Diré un dato más: sin esta obra, de la cual no hay ninguna referencia en el pasado, Albinoni prácticamente no sería conocido por la gente. Usted es quien más ha estudiado y catalogado su obra. Usted es el principal sospechoso, permítame que le diga, de haber hecho de Albinoni un músico genial.
Hubo otro momento mágico de silencio, como para propiciar que el oído siguiera mejor la cascada de notas del solo de violines, en el arranque de la segunda mitad de la partitura.
—Pensaba que la entrevista se me iba a hacer a propósito de los últimos ensayos musicales que he redactado sobre compositores del XVII y XVIII, pero ya veo que no.
—Sí, nos interesa y mucho su labor de erudito, de profesor de Historia de la Música en la Universidad, por supuesto que sí. Sobre esta faceta, como también la de su trabajo de crítico musical de la RAI, le preguntaremos luego, si no le importa. Es que era inevitable, no podíamos empezar a preguntarle por cualquier otro tema que no fuera el del Adagio. Por ejemplo, hay algunos que ven cierta similitud entre esta melodía y seis notas en medio del movimiento lento del trío para cuerdas de Louise Farrenc. La gente, algunos críticos, a la hora de hilar es que hilan muy fino. Incluso hay quienes dicen que usted pudo inspirarse en esta compositora y no en Albinoni, del cual, repito, no nos consta esta obra del Adagio.
—Me alegro que haya quien piense eso, porque sería otro dato más a mi favor; no en mi contra, como ellos creen. Quiero decir que, si esa semejanza existe en ese punto de su obra con la que ustedes señalan como mía, es que Louise Farrenc, que compuso su trío hace un siglo, pudo conocer perfectamente el Adagio de Albinoni y dejar esa influencia, involuntariamente, impregnada en su propia composición, cien años después del gran maestro veneciano. Y otros cien años antes que yo.
Las postreras notas del Adagio agonizaban ya y sólo quedaron por formularse dos últimas preguntas, pero en este caso sobre los proyectos inmediatos de un musicólogo, bastante reservado, que apuraba el último sorbo de su café. Imposible obtener un titular llamativo de aquel hombre discreto, alejado por completo de la vanidad, que dejaba sin cerrar todos los interrogantes abiertos previamente.
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Máximo dobló el periódico y lo dejó sobre el mármol de la mesa del café, tal vez la misma mesa en que había entrevistado a Giazotto veintinueve años antes. El sabio y modesto crítico, sin ninguna obra musical completa conocida, había muerto el día anterior en Pisa. Tras tres décadas desde entonces, ya muy pocos seguían pensando que el Adagio fuera de Albinoni, aunque siguiera conociéndose así. La noticia de su defunción ocupaba apenas quince líneas.
Luciano Maldonado
(Gijón - 2022)

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