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Mostrando entradas de febrero, 2026

Joyas (88) Donde fuiste feliz alguna vez (Félix Grande)

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  Donde fuiste feliz alguna vez Donde fuiste feliz alguna vez no debieras volver jamás: el tiempo habrá hecho sus destrozos, levantado su muro fronterizo contra el que la ilusión chocará estupefacta. El tiempo habrá labrado, paciente, tu fracaso mientras faltabas, mientras ibas ingenuamente por el mundo conservando como recuerdo lo que era destrucción subterránea, ruina. Si la felicidad te la dio una mujer ahora habrá envejecido u olvidado y sólo sentirás asombro −el anticipo de las maldiciones. Si una taberna fue, habrá cambiado de dueño o de clientes y tu rincón se habrá ocupado con intrusos fantasmagóricos que con su ajeneidad te empujan a la calle, al vacío. Si fue un barrio, hallarás entre los cambios del urbano progreso tu cadáver diseminado. No debieras volver jamás a nada, a nadie, pues toda historia interrumpida tan sólo sobrevive para vengarse en la ilusión, clavarle su cuchillo desesperado, morir asesinando. Mas sabes que la dicha es como un criminal que seduce a su víct...

Joyas (87) Se querían (Vicente Aleixandre)

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  Se querían Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada, labios saliendo de la noche dura, labios partidos, sangre, ¿sangre dónde? Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz. Se querían como las flores a las espinas hondas, a esa amorosa gema del amarillo nuevo, cuando los rostros giran melancólicamente, giralunas que brillan recibiendo aquel beso. Se querían de noche, cuando los perros hondos laten bajo la tierra y los valles se estiran como lomos arcaicos que se sienten repasados: caricia, seda, mano, luna que llega y toca. Se querían de amor entre la madrugada, entre las duras piedras cerradas de la noche, duras como los cuerpos helados por las horas, duras como los besos de diente a diente solo. Se querían de día, playa que va creciendo, ondas que por los pies acarician los muslos, cuerpos que se levantan de la tierra y flotando... Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo. Mediodía perfecto, se querían tan íntimos, mar altísimo y joven, intimidad extensa,...

Su muerte tenía un precio

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  Su muerte tenía un precio Subimos los escalones del porche, cruzamos la puerta principal y recorrimos el alfombrado pasillo. Pero ninguno de los pistoleros hizo amago de desenfundar el revólver, porque yo encañonaba con el mío la espalda del hijo del jefe. —¿Qué demonios pasa, John? —preguntó con extrañeza el viejo, paralizado tras la mesa del despacho. Abrió después con disimulo un cajón, pero se detuvo al ver que le advertía negando con la cabeza. —Pasa que cometiste dos errores, porque el oro te ha cegado y no sabes ni a quién contratas para los lavaderos. El primer error fue darle hace un año trabajo a David, tu hijo, del que nada sabías desde su nacimiento. Sin embargo, te diste cuenta después, cuando sospechaste de su nombre y apellido. Y mucho más cuando John, por orden tuya, me lo acaba de confesar, te enseñó el retrato de nuestra madre que mi hermano llevaba bajo la tapa del reloj de bolsillo. Sí, Jeff, David era tu hijo y mi hermano mayor, por parte de...