Viajero del tiempo
Viajero del tiempo
La Nochevieja se vestía en el Trastevere con un manto de oro y penumbra. Las campanas aguardaban su momento y, en la cocina, Clara removía con calma las lentejas con cotechino. El vapor ascendía como un velo, iluminado por la luz temblorosa de la lámpara, y cada burbuja del borboteo parecía contener un presagio.
El timbre quebró el silencio. ¿Tan pronto llegaban los invitados? En el umbral apareció un hombre de abrigo gastado, con ojos que parecían haber visto demasiados inviernos.
—Perdone, el aroma del guiso me ha guiado hasta aquí. ¡Podría probarlo?
La petición era insólita, pero Clara, movida por una mezcla de curiosidad y compasión, lo invitó a pasar. El desconocido se sentó, y al probar las lentejas cerró los ojos, como quien escucha una música antigua. Luego, durante unos instantes, se produjo un silencio extraño, como si éste fuera un preámbulo necesario para que los gestos y palabras del forastero pudieran acomodarse plenamente al nuevo espacio.
Al terminar su plato, se levantó con cierta solemnidad, y de un bolsillo interior del abrigo extrajo una moneda romana, oscura, marcada por los siglos.
—No puedo marcharme sin pagar su generosidad. Esta moneda es más que oro: es memoria, también destino. Guárdela y el nuevo año hará que se cumplan sus mejores deseos.
Antes de que Clara respondiese, el hombre desapareció en la noche, como si la sombra lo hubiera reclamado.
Las campanas estallaron a media noche. Con su plato ya vacío, ajena a la conversación de familiares y amigos, comprendió que los dos habían sellado un pacto invisible, un misterio con promesa, con la fortuna bullendo en cada grano.
Luciano Maldonado
(Gijón - 2025)
Comentarios
Publicar un comentario