A merced de la sospecha
A merced de la sospecha Traía en la mano una especie de cuchillo de cocina de dimensiones considerables. Y el extremo puntiagudo de éste, sumamente afilado y ansioso de abrir camino a la muerte, tembló nerviosamente durante unos segundos apuntando hacia ella, rasgando, al hacerlo, de modo fugaz el aire con destellos anunciadores de trágico final vesánico, toda una imparable orgía de horror. En ese momento comprendió que ya no había escapatoria, que era preferible mirarle a la cara y buscar en aquellos ojos oscuros que a su vez la escudriñaban desde tan cerca una mínima y postrer impresión de arrepentimiento. Ese era el único milagro que acaso cabría esperar aún en sus circunstancias. Lo otro, la ofuscación en la huida precipitada, era una idea totalmente absurda; de nada serviría en aquel estrecho reducto sin salidas intentar darle la espalda a un verdugo excesivamente rápido, demasiado fuerte, astuto y cruel como para permitir ingenuidades de ese tipo. Pe...