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Joyas (87) Se querían (Vicente Aleixandre)

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  Se querían Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada, labios saliendo de la noche dura, labios partidos, sangre, ¿sangre dónde? Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz. Se querían como las flores a las espinas hondas, a esa amorosa gema del amarillo nuevo, cuando los rostros giran melancólicamente, giralunas que brillan recibiendo aquel beso. Se querían de noche, cuando los perros hondos laten bajo la tierra y los valles se estiran como lomos arcaicos que se sienten repasados: caricia, seda, mano, luna que llega y toca. Se querían de amor entre la madrugada, entre las duras piedras cerradas de la noche, duras como los cuerpos helados por las horas, duras como los besos de diente a diente solo. Se querían de día, playa que va creciendo, ondas que por los pies acarician los muslos, cuerpos que se levantan de la tierra y flotando... Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo. Mediodía perfecto, se querían tan íntimos, mar altísimo y joven, intimidad extensa,...

Su muerte tenía un precio

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  Su muerte tenía un precio Subimos los escalones del porche, cruzamos la puerta principal y recorrimos el alfombrado pasillo. Pero ninguno de los pistoleros hizo amago de desenfundar el revólver, porque yo encañonaba con el mío la espalda del hijo del jefe. —¿Qué demonios pasa, John? —preguntó con extrañeza el viejo, paralizado tras la mesa del despacho. Abrió después con disimulo un cajón, pero se detuvo al ver que le advertía negando con la cabeza. —Pasa que cometiste dos errores, porque el oro te ha cegado y no sabes ni a quién contratas para los lavaderos. El primer error fue darle hace un año trabajo a David, tu hijo, del que nada sabías desde su nacimiento. Sin embargo, te diste cuenta después, cuando sospechaste de su nombre y apellido. Y mucho más cuando John, por orden tuya, me lo acaba de confesar, te enseñó el retrato de nuestra madre que mi hermano llevaba bajo la tapa del reloj de bolsillo. Sí, Jeff, David era tu hijo y mi hermano mayor, por parte de...

The Detenee's House

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  A historian and his wife plan to enjoy their vacation in a small town in the interior of Asturias. Upon arriving at the hotel, La Pensión del Agua, they learn that the place was once known as La Casa del Detenido (The Detainee's House). From that moment on, discovering the cause of this change becomes an obsession that will transform the lives of other people in the town.

Joyas (86) A una rosa (Luis de Góngora)

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      A una rosa Ayer naciste, y morirás mañana. Para tan breve ser, ¿quién te dio vida? ¿Para vivir tan poco estás lúcida, y para no ser nada estás lozana?   Si te engañó tu hermosura vana, bien presto la verás desvanecida, porque en tu hermosura está escondida la ocasión de morir muerte temprana.   Cuando te corte la robusta mano, ley de la agricultura permitida, grosero aliento acabará tu suerte.   No salgas, que te aguarda algún tirano; dilata tu nacer para tu vida, que anticipas tu ser para tu muerte.                                                Luis de Góngora   

La Casa del Detenido

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  La Casa del Detenido  Un historiador y su esposa planean disfrutar de sus vacaciones en un pequeño pueblo del interior de Asturias. Al llegar al hotel, La Pensión del Agua, descubren que el lugar fue conocido antiguamente como La Casa del Detenido. A partir de ese momento, descubrir el motivo de este cambio se convierte en una obsesión que transformará la vida de otros habitantes del pueblo.

La casa del bosque

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    La casa del bosque Alejandro inauguraba la jubilación. Su vida había girado como perito agrónomo en torno al gran bosque de la comarca. Así es que buscó una zona urbanizable, en una ladera, e instaló una casa prefabricada sobre una plataforma de hormigón. La construcción, de madera, lucía en armonía con su entorno exuberante de pinos y robles, en una planicie circular un poco hundida, como un apetecible trozo de tarta en el centro de un plato. No muy lejos, pendiente arriba, cruzaba una acequia que, finalmente, desembocaba en el pueblo, mucho más abajo. A partir de ahora, disfrutaría cada verano en la casa del bosque. Enseñaría a sus nietos, durante las vacaciones, a distinguir las plantas silvestres, a conocer el lenguaje de los corzos. Eran dos de sus grandes aficiones. —Podrías cultivar un huerto. Nunca aprovechas el agua —llegó a decirle una vez su mujer, viéndolo un tanto ocioso. Hasta que llegó un día en que anunciaron la llegada del gran incendio. La pr...

Joyas (85) Fidelidad (Blas de Otero)

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               Fidelidad   Creo en el hombre. He visto espaldas astilladas a trallazos, almas cegadas avanzando a brincos (españas a caballo del dolor y del hambre). Y he creído.   Creo en la paz. He visto altas estrellas, llameantes ámbitos amanecientes, incendiando ríos hondos, caudal humano hacia otra luz: he visto y he creído.   Creo en ti, patria. Digo lo que he visto: relámpagos de rabia, amor en frío, y un cuchillo chillando, haciéndose pedazos de pan; aunque hoy hay sólo sombra, he visto y he creído.                                                                      Blas de Otero