Viajero del tiempo
Viajero del tiempo La Nochevieja se vestía en el Trastevere con un manto de oro y penumbra. Las campanas aguardaban su momento y, en la cocina, Clara removía con calma las lentejas con cotechino. El vapor ascendía como un velo, iluminado por la luz temblorosa de la lámpara, y cada burbuja del borboteo parecía contener un presagio. El timbre quebró el silencio. ¿Tan pronto llegaban los invitados? En el umbral apareció un hombre de abrigo gastado, con ojos que parecían haber visto demasiados inviernos. —Perdone, el aroma del guiso me ha guiado hasta aquí. ¡Podría probarlo? La petición era insólita, pero Clara, movida por una mezcla de curiosidad y compasión, lo invitó a pasar. El desconocido se sentó, y al probar las lentejas cerró los ojos, como quien escucha una música antigua. Luego, durante unos instantes, se produjo un silencio extraño, como si éste fuera un preámbulo necesario para que los gestos y palabras del forastero pudieran acomodarse plenamente al nuevo ...