La Dama Blanca
La Dama Blanca A mediados de los setenta, cuando los hombres aún se quitaban la boina al entrar en el banco y las libretas de ahorro tenían un prestigio casi religioso, la sucursal de la Caja Provincial de aquel pueblo castellano abría a las nueve en punto. A las nueve y media, el director ya estaba en su despacho fumando el primer cigarro del día. El empleado llamó suavemente a la puerta. —¿Se puede? —Pasa, hombre. Entró con una carpeta marrón bajo el brazo y cerró la puerta con cuidado, como si fuera a comunicar una mala noticia. —Ya he hablado con don Julián. —¿Y qué impresión te ha dado? —Pues… buena, la verdad. Muy educado. Seguro de sí mismo. Ya sabe usted que quería abrir el almacén de fertilizantes antes de otoño y necesitábamos comprobar ciertas cosas. El director asintió lentamente. En el pueblo se sabía que Julián viajaba mucho. Demasiado para alguien que, oficialmente, apenas tenía tierras propias. Pero también se sabía otra cosa: todos los veranos ...