La Dama Blanca
La Dama Blanca
A mediados de los setenta, cuando los hombres aún se quitaban la boina al entrar en el banco y las libretas de ahorro tenían un prestigio casi religioso, la sucursal de la Caja Provincial de aquel pueblo castellano abría a las nueve en punto. A las nueve y media, el director ya estaba en su despacho fumando el primer cigarro del día. El empleado llamó suavemente a la puerta.
—¿Se puede?
—Pasa, hombre.
Entró con una carpeta marrón bajo el brazo y cerró la puerta con cuidado, como si fuera a comunicar una mala noticia.
—Ya he hablado con don Julián.
—¿Y qué impresión te ha dado?
—Pues… buena, la verdad. Muy educado. Seguro de sí mismo. Ya sabe usted que quería abrir el almacén de fertilizantes antes de otoño y necesitábamos comprobar ciertas cosas.
El director asintió lentamente.
En el pueblo se sabía que Julián viajaba mucho. Demasiado para alguien que, oficialmente, apenas tenía tierras propias. Pero también se sabía otra cosa: todos los veranos pasaba un mes entero en Santander, alojado —según decía él mismo— en el Hotel Real, aquel edificio blanco y elegante levantado sobre una colina muy cerca de El Sardinero, al que todos llamaban “La Dama Blanca”. Muchos vecinos habían visto las tarjetas que don Julián dejaba en el bar o en el estanco. “Hotel Real. Santander.” Y debajo, escrito con su letra inclinada: “Pregunten en recepción.”
El empleado abrió la carpeta.
—Lo llamé ayer por la mañana. Me atendió una señorita y me dijo que el señor Julián estaba en la playa y que regresaría para comer. Tomó nota de quién llamaba y del teléfono del banco.
—¿Y luego?
—Pues que, efectivamente, dos horas más tarde me devolvió la llamada él mismo desde el hotel.
El director se echó hacia atrás en la silla.
—Eso da cierta tranquilidad.
Durante unos segundos solo se oyó el zumbido del ventilador y el roce de las ruedas de los coches sobre los adoquines de la plaza.
Pero lo que ni el director ni el empleado sabían era que Julián llevaba media vida perfeccionando el mismo engaño. No pisaba jamás una habitación del Hotel Real. Ni una. En realidad, cada verano dormía en una pensión húmeda y estrecha situada cerca de la estación del tren, donde las sábanas olían a lejía y las tuberías gemían de madrugada. Pagaba poco, discutía siempre el precio y jamás dejaba propina.
La única excepción era el recepcionista principal del Hotel Real. Aquel sí cobraba bien. Todos los junios, apenas pisaba Santander, Julián entraba en el gran vestíbulo del hotel con un traje claro, sombrero de Panamá y sonrisa de hombre importante. Saludaba al recepcionista como si fueran socios antiguos, le estrechaba la mano discretamente y deslizaba un sobre con dinero. Después venían las instrucciones de siempre: si alguien preguntaba por él, debían decir que estaba en la playa, o de compras por el centro. Que volvería para almorzar, que dejasen recado. Los recepcionistas jóvenes obedecían sin hacer preguntas. Para ellos, don Julián era simplemente uno de esos clientes distinguidos que regresaban cada verano.
Y así, año tras año, el hombre construía una reputación hecha únicamente de reflejos: el mármol del vestíbulo, las lámparas doradas y el prestigio prestado de un hotel que nunca había pagado. Con eso bastaba. Había conseguido créditos en León, en Logroño y en Badajoz. Había comprado mercancías que jamás abonó. Había desaparecido dejando facturas, pagarés y socios arruinados. Siempre antes de que nadie comprendiera del todo quién era realmente.
Y ahora, sentado al otro lado del teléfono, mientras fingía una tranquilidad veraniega frente al mar Cantábrico, Julián escuchaba al empleado del banco hablar sobre el nuevo crédito.
Luciano Maldonado
(Gijón - 2026)
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