Joyas (97) A buen juez, mejor testigo (fragmento) (José Zorrilla)

 

 

 

    


        


Es una tarde serena

cuya luz tornasolada




del purpurino horizonte




blandamente se derrama.

 

Plácido aroma las flores,




sus hojas plegando exhalan,




y el céfiro entre perfumes




mece las trémulas alas.




Brillan abajo en el valle

 

con suave rumor las aguas,




y las aves, en la orilla,




despidiendo al día cantan.




   Allá por el Miradero,




por el Cambrón y Visagra,




confuso tropel de gente




del Tajo a la vega baja.




Vienen delante don Pedro




de Alarcón, lbán de Vargas,




su hija Inés, los escribanos,




los corchetes y los guardias;




y detrás monjes, hidalgos,




mozas, chicos y canalla.




Otra turba de curiosos




en la vega les aguarda,

 

cada cual comentariando




el caso según le cuadra.




Entre ellos está Martínez




en apostura bizarra,




calzadas espuelas de oro,




valona de encaje blanca.




bigote a la borgoñesa,




melena desmelenada,




el sombrero guarnecido




con cuatro lazos de plata,

 

un pie delante del otro,




y el puño en el de la espada.




Los plebeyos de reojo




le miran de entre las capas:




los chicos, al uniforme,

 

y las mozas, a la cara.




Llegado el gobernador




y gente que le acompaña,




entraron todos al claustro




que iglesia y patio separa.




Encendieron ante el Cristo




cuatro cirios y una lámpara,




y de hinojos un momento




le rezaron en voz baja.


Está el Cristo de la Vega

 
            

la cruz en tierra posada,




los pies alzados del suelo




poco menos de una vara;




hacia la severa imagen




un notario se adelanta,




de modo que con el rostro




al pecho santo llegaba.




A un lado tiene a Martínez;




a otro lado, a Inés de Vargas;




detrás, el gobernador

 

con sus jueces y sus guardias.




Después de leer dos veces




la acusación entablada,




el notario a Jesucristo




así demandó en voz alta:

 

-Jesús, Hijo de María,




ante nos esta mañana




citado como testigo




por boca de Inés de Vargas,




¿juráis ser cierto que un día

 

a vuestras divinas plantas




juró a Inés Diego Martínez




por su mujer desposarla?



Asida a un brazo desnudo




una mano atarazada



                

vino a posar en los autos




la seca y hendida palma,




y allá en los aires «¡Sí juro!»,




clamó una voz más que humana.




Alzó la turba medrosa

 

la vista a la imagen santa...




Los labios tenla abiertos




y una mano desclavada.

                                       José Zorrilla 

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