Deserción
Deserción
Apenas había dormido dos horas en toda la noche. Larga noche dando vueltas en la cama, marioneta de los nervios, repasando su vida, ya octogenaria. No habían faltado las imágenes de su deserción de la Unión Soviética, con treinta años. Aquel campeonato deportivo en México, con invitación de familiares, era una oportunidad para huir del control de la delegación. Lo tenían bien planeado: saldría por la puerta trasera del gimnasio y se encontraría en el sitio acordado con su mujer y su pequeño hijo. Pero no resultó así y sólo pudo escapar él. Todo contacto se vio truncado tras el férreo telón de acero que volvía a encerrar a su familia. Si se entregaba, nadie le libraría de la cárcel. Era una posibilidad que habían contemplado. Los dos la descartaron.
Vinieron años difíciles. De adaptación a nuevas costumbres, al idioma; con un añadido: la vigilancia extrema para evitar un secuestro o atentado. Que una figura tan aclamada como él prefiriera occidente era una alevosa afrenta. Pero el tiempo pasó con rapidez y hubo suerte en cuanto a su integridad física, claro. Hay otras heridas que tardan más en cicatrizar.
El fragor de voces y aplausos se adueñó del estadio. Caminó con solemnidad, al ritmo que marcaban las azafatas. Cientos de destellos de cámaras de fotos simulaban el estallido de un enorme fuego artificial. Hubo un instante en que giró la cabeza para localizar el lugar en que sabía que estarían los suyos, su nueva familia mexicana. Su mujer, con quien había compartido los últimos cuarenta años; su hijo, el profesor; su hija, nueva ingeniera de Petromex. Sí, pudo distinguirlos entre la masa de espectadores.
La ceremonia de entrega de medallas iba a comenzar. Los altavoces plagiaron el sonido de las fanfarrias. Por la megafonía difundieron el orden de los ganadores. El tercer puesto, el segundo… Él les colocó las medallas que le presentaban sobre un cojín carmesí. Sólo faltaba la de oro. Trató de disimilar el temblor de su cuerpo. Desde que le anunciaron que tenía que entregar estas medallas, supo que el destino le había reservado un podio especial, único, por el cual se cerraba una curiosa carrera con salida y meta en el mismo punto. Pasaron unos segundos; quizás toda una vida. El ganador le estaba observando y sonreía. Seguramente, le habrían ocultado todo del anciano que tenía enfrente. En cambio, él sí sabía de aquel joven. Se las había arreglado para conocer algo de su carrera deportiva; también de sus antecedentes familiares. Ahora el destino les premiaba en un mismo acto a los dos: a él y a su propio nieto soviético.
Luciano Maldonado
(Los Nietos - 2026)
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