Con otros ojos
Con otros ojos
Finalista, en el “II Certamen Literario y Montañero Cuentamontes” (2009)
Desde su posición en la repisa, a unos seis mil trescientos metros de altitud, la aproximación allá abajo del helicóptero a un posible campo base se le antojaba el elegante deslizamiento de un buitre en la cúspide de una térmica. Sí; casi del mismo tamaño los dos, si son observados a distinta distancia, y de muy parecidos colores también: castaño y gris oscuro, tal vez para camuflarse mejor ambos entre las tonalidades más comunes de la montaña. No obstante, había algo, lógicamente, que distinguía desde muy lejos al gran pájaro metálico, y era el zumbido sostenido, progresivo en intensidad, que iba anunciándolo sobre el gran glaciar de Biafo. Fue una visión que le complació en extremo, lo sacó brevemente de una soledad que en esos momentos le había parecido eterna a pesar de haber durado sólo cinco días. Cinco días y sus noches respectivas. Se dice pronto. Pero sufrir todas sus lentas horas sin nadie al lado, sin un solo ruido, a excepción de las ráfagas de viento estrellándose contra la pared o el crujir esporádico de alguna roca tras el brusco cambio de temperatura, con la poca libertad de movimientos que dejan el exiguo espacio en que te encuentras, una pierna fracturada y varias contusiones repartidas por el resto del cuerpo, es algo que se va convirtiendo poco a poco en un conglomerado imposible de digerir.
De todos modos, lo estaban intentando. Sabía que Álvaro se las había arreglado casi milagrosamente para descender al día siguiente del accidente y poder avisar urgentemente a las emergencias en Skardu. Conocía muy bien a Álvaro, su inseparable amigo en aventuras de alpinismo. Pirineos, Mont Blanc, Karakorum… Con él había coronado el Latok III pocos años antes; los dos juntos habían entrenado en esta ocasión la aclimatación por encima de los seis mil metros, durante casi dos semanas de campamentos avanzados y proximidades de cumbre en el Latok I; de modo que ahora únicamente les quedaba el ensayo de la arista noroeste del Latok II, auténticamente complicada: la mejor prueba de ello era que hasta hace unos días -ocho, para ser más exactos- la montaña nunca había sido vencida por esa cara.
-Mira, Óscar, te quedas toda la comida, los tres cartuchos de gas, aunque a uno le falta la mitad del contenido, y mi saco de dormir. Bajo así más rápido. Ánimo. Antes de lo que te imaginas, estaremos en España.
-De acuerdo; no te preocupes. Hasta dentro de diez o doce días en que volveré a verte, Álvaro.
De todos esos días ya se habían agotado en ese momento cinco, como el contenido de dos de los cartuchos.
Durante las tres jornadas siguientes, hacia el mediodía, que era cuando el sol comenzaba a calentar ligeramente los sacos, volvió a ver desde lejos, siempre a una cota inferior a la suya, algunas evoluciones del helicóptero. Antes de esa hora, no alcanzaban nunca los rayos de sol a la repisa, anclada como un estrecho andamio de piedra y hielo a la pared vertical de la cara sur de la montaña. Esta zona, por muy claros que fueran los días –que de momento lo eran-, siempre se veía envuelta en la penumbra por culpa del resto y parte más importante de la montaña, el otro lado, realmente alargado, de un mayúsculo ángulo recto, así como de su propia hermana siamesa, el Latok I, con ambas cumbres sobresaliendo de un gigantesco muro corrido desde sureste a noroeste.
El sol, igual que para los buitres y cuervos que había visto otros veranos en los Alpes, significaba entonces un alivio, una invitación a salir de la modorra e intentar mover los músculos entumecidos por el frío de la noche y la obligada quietud aprisionado en el interior de su doble abrigo. Gracias al sol, al menos los primeros días, a pesar del intenso dolor en la pierna y las manos, se esforzó para despejar un pequeño círculo de nieve sobre el granito helado y, a continuación, calentar un poco de agua, asearse, preparar sopa, hinchar algo de arroz o pasta deshidratados. Sin embargo, por las noches, la situación era particularmente insoportable. La temperatura bajaba muchos grados en cuanto oscurecía y, en ocasiones, la ventisca lo azotaba con minúsculos perdigones de granizo que golpeaban con saña en el exterior de los sacos. Dormía, pues, de puro cansancio, anestesiado por el dolor, cuando lo derrotaba el paso de algún tiempo impreciso de tiriteras de frío aumentadas por los primeros síntomas de fiebre.
Luego, invariablemente, siempre lo asaltaban, en oleadas de sueños confusos, situaciones reales de rapeles realizados con Álvaro y otras imaginarias, es decir, descensos verosímiles, posibles en su ejecución a pesar de la dificultad y en los mismos puntos de la pared, pero nunca en verdad realizados. Y, por supuesto, el colofón de todos esos sueños también solía ser el mismo: verse colgado y balanceándose al final de la cuerda tras golpearse violentamente como un fardo contra la roca en el último y recentísimo accidente. Casi cincuenta metros de caída libre que providencialmente aguantaron anillas, clavos y la mezcla justa de reflejos y esfuerzos de Álvaro.
Por fin el domingo, día dieciséis (sí, era domingo: le costaba recordar la sucesión de los días últimos y se vio obligado a consultar las distintas ventanitas en la esfera del reloj), no vio ni oyó nada que se pareciera a un helicóptero. Parecía evidente que estaban tardando en culminar el rescate. Eran ya… Bueno… tal vez nueve o diez los días transcurridos. Aunque, claro, la climatología estaba empezando a empeorar, y, además, encontrar porteadores suficientes de altura, alpinistas expertos en escalada técnica e igualmente aclimatados a esa altitud, así como cubrir y fijar cuerda en todo el ascenso hasta allí debía de llevarles mucho tiempo; quizá más del que en un principio se habían imaginado.
Tras otros dos… No: tras otros tres días inmovilizado dentro de los sacos, los cuales ya habían formado por la parte inferior un todo inseparable con el hielo del suelo, fue consciente de que últimamente llevaba muchas horas sin comer. No le apetecía en absoluto hacerlo, pero alguien, algo en su interior, le suplicaba que tenía que intentarlo, reunir fuerzas, las pocas que aún quedasen, para a su vez poder recuperar calorías. Sacó las manos fuera de los sacos con el propósito de calentar cualquier cosa en el cazo; sin embargo, se encontró con un serio problema: apenas quedaba ya gas y nada -absolutamente nada- de sopa, jamón, arroz o pasta; tan sólo dos barritas energéticas dentro de envoltorios muy deteriorados.
¿Habría algún lado positivo? Sí. La parte positiva era que la pierna y las manos le habían dejado de doler, que no sentía fiebre, ni efecto de congelaciones (aunque ello no fuera señal cierta de que no las tuviese), y que después de tanto tiempo seguido nevando, casi veinte centímetros diarios, la ley de probabilidades decía que lo que tocaba, por fuerza, era que viniese un día espléndido. Se trataba del Karakorum, de acuerdo, pero aún faltaban unas cuantas fechas para terminar agosto y echar el cierre a la temporada de expediciones. Su rescate, sin duda, una vez descartado el descenso dilatado y más que peligroso con cuerdas fijas, teniendo posteriormente que superar el collado para recuperar así de nuevo la vertiente inicial por la arista noroeste, incluidos los desmesurados hongos de nieve blanda que más tarde hallarían en las estribaciones bajas, se haría, tenía que ser así, de otra manera, es decir, la alternativa que quedaba: por el aire. Si Rashid lo pudo conseguir con el alpinista esloveno, cuatro años atrás, más o menos a la misma altitud y en el cercano Nanga Parbat, por qué no iban a intentar lo mismo con él. Si el viento les daba una tregua suficiente, sería factible. Por otra parte, en Pakistán, además de Rashid, existen varios pilotos muy avezados, tanto del propio país, como de otras naciones.
Chamonix, España, Huesca… Los amigos, la familia, los padres… La madre. Las madres siempre sufren más. Sí, especialmente su madre. Esta vez, le ha tocado tristemente a la suya. Porque abrir en alpinismo extremo rutas desconocidas, esquivas, jamás holladas, es jugar continuamente con fuego. Atrayente, inevitable, pero latentemente peligroso. La verdad es que confías, sobre todo al principio, cuando la ilusión juvenil palpita ávida de desafíos, en que la montaña se apiadará eternamente de ti, que podrás acogerte siempre que te encuentres como errante, y que desees buscarte a ti mismo, al calor reconfortante de su seno. Aunque luego, muchas experiencias acumuladas, a manera de cicatrices en el alma de los que te rodean, de la tuya también, te hacen pronto considerar que son pocas las veces que internamente das las gracias tras cada meta conseguida, o, dicho de forma bien clara: que has vivido varios, bastantes días prestados, quizá los que otro en tus mismas circunstancias nunca disfrutó.
Boca pastosa… sed… Si pudiera beber algo… ¿Soñaba?... No: había luz. Pero si al menos pudiera hacerse con un poco de agua… Escalofríos nuevamente. Tal vez, era muy posible, estuviese delirando. Álvaro, Dani, Simón, Jordi… Puede que algunos miembros de una expedición de americanos, japoneses, italianos… Ellos habían hablado incluso de unos kazajos que estaban bastante cerca. Nunca se ha de derrotar antes de tiempo a la esperanza.
Lo despertó un hombre barbudo. Bueno, con una barba muy parecida a la que él mismo tendría ahora. Por su aspecto, podría ser pakistaní, o de un país muy próximo. No dijo nada; únicamente le sonrió, al tiempo que le levantaba la cabeza para ayudarle a beber un cacillo de agua que le supo a gloria. Por su parte, le dio casi con un hilo de voz las gracias en inglés, en español también, mientras otro montañero, corpulento e igualmente barbudo, le hizo señas para que no intentara moverse. Rápidamente, se agachó junto a él y abrió los sacos, presentándose como un colega alpinista canadiense y con conocimientos en medicina, los suficientes para tratar de ayudarle en su estado actual. De su mochila sacó pomadas, grageas y vendas. Le administró una inyección, un tipo de antibiótico, y le aseguró que lo sacarían en el transcurso de la mañana de aquel lugar. No habían querido despertarlo de su inconsciencia, le dijo, estando en la situación en que se hallaba, y por eso mismo no les había visto cómo fijaban los clavos a la pared mientras descendían hasta él. Por idéntico sitio, valiéndose de un fuerte arnés que abrazaría los sacos como si fuera una camilla, y tirando cada uno de sendas poleas, lo irían elevando.
Y así lo hicieron. Con mucha fuerza y pericia. Cuando él, totalmente tumbado en lo que se asemejaba a un féretro, llegaba izado hasta la altura de los dos montañeros, éstos cambiaban las cuerdas a los clavos y anillas superiores que ambos tenían a una distancia razonable sobre sus cabezas y repetían la misma operación de tirar de las poleas. Muy pronto, tras dos o tres horas de trabajo, habían alcanzado el punto en que él sintió que fallaba fatalmente bajo sus botas el bloque de hielo, no sabría precisar ya cuánto tiempo antes.
El día era radiante. Apenas sentía frío. Y el paisaje… El paisaje desde allí, aquel horizonte por completo circular de cumbres recortándose sobre un inmenso azul mezcla de añil cristalino y aguamarina jamás vistos, obró en él la virtud de congraciarlo nuevamente con la montaña, su Latok II. La montaña, si se miraba bien, nunca se había portado como mala madrastra; era, por el contrario, lo que siempre había significado para él: su segunda madre. Y no se trataba en modo alguno de un tópico.
De los restos de un vivac utilizado recientemente, consiguieron algo de comida resguardada en pequeños bidones herméticos y un trineo muy ligero en que lo tumbaron para deslizarlo, tirando con firmeza de cuerdas, por las pendientes más fáciles. Las demás, las complicadas, las bajaron ayudándose de las otras cuerdas fijadas previamente a la pared y de las poleas. Incluso hubo momentos en que abrazado a los hombros de sus dos compañeros se puso de pie y avanzó algunos trechos, sin apoyar en ningún instante la pierna dañada.
A media tarde, después de algunas paradas para tomar bebida energética, de una marca, para él, totalmente desconocida, llegaron por fin al campamento base. Era enorme y, desde lejos, ya le extrañó no ver a nadie en sus inmediaciones. Dentro tampoco había nadie. Ni emisora de radio… Las mochilas y sacos de dormir eran un tanto anticuados. Aquello era excesivamente raro… ¿Qué estaba pasando?...
-No busques a ningún compañero de tu país, Óscar –se adelantó a lo que él pensaba preguntar el montañero que le había atendido con medicinas-. Aquí, en nuestro campamento no verás a nadie más, porque ellos nunca han estado; ni siquiera tú mismo estás aquí, al menos en la forma o dimensión que crees. Somos únicamente espíritus, partes trascendentes, si quieres llamarlo así, de lo que un día fuimos. Nuestros cuerpos, extenuados de luchar, se quedaron en esta montaña hace mucho tiempo, como el tuyo quedó también esta misma mañana allí arriba, envuelto en doble mortaja. Bueno, mañana, tarde, arriba, abajo no tienen el mismo significado para nosotros que tenían esas palabras en el otro lado. Nos ocurrió algo parecido a lo sucedido en tu caso. Y entonces, quien nos socorrió dijo igualmente que nos confiaba desde ese instante el testigo del relevo; esto es: ya no pasaríamos más hambre, ni sed, no sufriríamos las penurias de los mortales; nuestra única e importante misión consistiría en vigilar, ser dueños temporales del Latok II hasta que ocurriera, si era inevitable por las leyes de la física, una nueva desgracia. De ahí las intuiciones, las corazonadas que a veces sienten algunos al apoyarse aquí o allá, seguir un rumbo u otro, y que no son otra cosa que nuestros susurros, ese algo en el interior que nos avisa, aunque en ocasiones no llegue muy nítido, que hemos vivido días prestados. Creo que sabes muy bien de qué te estoy hablando.
-Ya no nos volverás a ver cuando nos alejemos –añadió su compañero mientras señalaba con la mano un punto impreciso a su espalda-. Ahora te toca a ti cuidar de este campamento. No te resultará difícil, ya que todo se renovará cada día como por encanto. Con idéntico artificio mágico que permite que nos entiendas en tu idioma sin que nosotros lo hayamos estudiado. A partir de hoy verás tu montaña, la morada de los que se han portado valientemente en ella, de forma espectacular, con un sol tan radiante y un paisaje tan majestuoso como los has contemplado hoy. Ya para siempre los verás con otros ojos.
Imagen del Latok II tomada de Wikipedia
Luciano Maldonado

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