Guiño del destino

 


 

 


Guiño del destino

        La tarde había caído con una luz anaranjada, de esas que hacen que las fachadas
 parezcan más viejas y los pensamientos más densos. Verónica caminaba por una calle
 estrecha del casco antiguo, siguiendo la dirección que le había enviado Laura, su compañera
 de trabajo: “Ve, aunque sea por curiosidad. Mi amiga dice que es un tipo peculiar, que de
 verdad la ha ayudado bastante”. 
         Encontró el cartel: “Consultas espirituales. Maestro Elías”. Subió las escaleras con la
 sensación de estar entrando en un lugar que no terminaba de encajar con su vida racional.
 El rellano olía a incienso y madera húmeda. La puerta, esta se abrió casi de inmediato.
        El hombre que la recibió tenía unos ojos sorprendentemente claros, como si siempre
 estuvieran a punto de descubrir algo. El despacho era pequeño, lleno de objetos que parecían
 haber sido recogidos en viajes improbables: máscaras, piedras fluorescentes, relojes detenidos,
 fotografías en color sepia.
         —El futuro no es un camino —dijo él mientras se sentaban—. Es siempre cruce de caminos.
Y a veces esos cruces son… curiosos.
         Verónica respondió con una sonrisa. No creía en nada de aquello, pero había venido
 a escuchar. Entonces Elías extendió unas cartas sobre la mesa, habló de decisiones que se
acercaban, de personas que volverían a aparecer en su vida, como si el tiempo fuera un círculo.
         —El destino tiene un sentido del humor extraño —añadió—. Le gusta reunir a quienes
 no esperan encontrarse jamás.
         Verónica asintió sin convicción. Le parecía un discurso bonito, pero de charlatán resabido
de feria, vacío. Cuando la consulta terminó, salió a la calle con la sensación de haber asistido
a una representación amable, pero nada más.
         Luego, mientras el metro serpenteaba por el subsuelo de la ciudad, sacó el móvil con
intención de distraerse. Pero enseguida se acordó de Laura y entonces abrió Google Maps.
Encontró un bar desconocido y con buenas reseñas, El Mirador, y llamó a su amiga.
         —Estoy ya muy cerca del barrio —dijo—. Vente y tomamos algo.
         Una hora después, ambas caminaban hacia el bar, riendo mientras Verónica relataba la
 sesión con el vidente.
          El Mirador estaba lleno de luz cálida y conversaciones animadas. Verónica se acercó
a la barra para pedir dos vinos. El camarero estaba de espaldas, anotando algo en una
libreta. Cuando se giró, Verónica sintió que el suelo se le movía bajo los pies. Era Elías. Sin
túnica, sin incienso. Sólo un delantal negro y una sonrisa profesional.
         —Buenas tardes —dijo él, como si no la hubiera visto nunca—. ¿Qué vais a tomar?
         Verónica abrió la boca, pero no salió sonido alguno. Laura la miró, desconcertada. Elías,
mientras tanto, inclinó ligeramente la cabeza. Un gesto mínimo. Podía ser cortesía… o un
reconocimiento silencioso.
         —¿Estás bien? —susurró Laura.
         Verónica no respondió. No podía apartar la mirada del hombre que, hacía apenas una
hora, le había hablado de reencuentros inesperados. Elías sirvió los vinos con calma. Al
deslizar las copas hacia ellas, sus dedos rozaron la barra con un movimiento casi ritual.
         —El destino —dijo en voz baja, sin mirarla directamente— siempre encuentra la forma.
         Verónica sintió un escalofrío. Aquello escapaba a cualquier explicación lógica. Por
primera vez tuvo la sensación de que el mundo era más grande —y mucho más extraño—
de lo que había imaginado.
                                                                                Luciano Maldonado
                                                                            (Los Nietos - enero - 2026) 

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