Perdido el rumbo


 

Perdido el rumbo

El sol se filtraba en láminas de oro por la persiana para resaltar con cintas luminosas la alfombra de la habitación del hotel. No; ahora que llevaba un rato con los ojos abiertos y se fijaba más, no era un hotel. Estaba en su habitación. Le ocurría con frecuencia exasperante: salir de la profunda noche a la realidad le suponía una alternancia confusa.

Una vez recobrada la confianza de sentirse en lugar conocido, se dijo que tendría que pasear por el muelle, ver los cargueros, los estibadores... Le vendría bien a sus músculos, porque lo cierto era que se encontraba torpe, sin fuerza en los brazos para meterse las mangas de la chaqueta. Y después estaban los pantalones; aunque su mujer le ayudó y recordó que tendrían que haber sido lo primero.

Pronto la desilusión minó sus expectativas. Al principio, cuando vio que ella tomaba otra dirección, no dijo nada. Pero luego, perdidos entre el laberinto de bloques que habían levantado en el barrio, acabaron discutiendo.

Ya en casa, menos sofocado, quiso desayunar; pero de nuevo su mujer le llevaba la contraria. “Te ha dicho el médico que no comas tanto. Termina el puzle, anda”. Las últimas palabras coincidieron con el sonido del teléfono. Y mientras se disponía a continuar el puzle, se dio cuenta de que ella bajaba la voz: “Chica, no sé qué hacer. Se ha levantado de la siesta pensando que es por la mañana. Que quería ir al puerto, aquí, en Burgos… He intentado distraerle dando una vuelta a la manzana. Lo dijo el médico: así es esta fase del alzheimer”.

Otra vez ese puñetero nombre… Envuelto en un hastío impreciso, se dirigió al dormitorio. Sin embargo, se encontró la puerta abierta del baño, y, sin saber por qué sus pasos vacilantes le conducían allí, perdido el rumbo, entró. En los bordes del espejo estaban las fotos de unas caras.

- ¿Quién es ése? ¿En qué trabaja? –preguntó de improviso su mujer.

- Jaime. Es marinero.

- No, ése es Antonio, el pequeño, el que trabaja en Aranda. Jaime, el que fue marinero muchos años, eres tú.

Entonces, desvió la mirada hacia el centro del espejo, y lo que vio en él lo paralizó: un extraño ser avejentado lo estaba suplantando y lo observaba con ojos alucinados, inquisitivos. Aquel individuo no parpadeó durante un buen rato, y sólo lo hizo, al parecer, cuando él mismo se relajó y pudo a su vez parpadear. A continuación, volvió los ojos hacia aquella mujer de sonrisa triste y aspecto de derrota insuperable.

Sí, aquel ser estaba metiéndose en su interior y se entretenía en arrojarle al suelo de su cerebro, mezclándolas, las imágenes que desde niño había ido ordenando, tanto las vividas como las que no.

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