Su muerte tenía un precio
Su muerte tenía un precio
Subimos los escalones del porche, cruzamos la puerta principal y recorrimos el alfombrado pasillo. Pero ninguno de los pistoleros hizo amago de desenfundar el revólver, porque yo encañonaba con el mío la espalda del hijo del jefe.
—¿Qué demonios pasa, John? —preguntó con extrañeza el viejo, paralizado tras la mesa del despacho.
Abrió después con disimulo un cajón, pero se detuvo al ver que le advertía negando con la cabeza.
—Pasa que cometiste dos errores, porque el oro te ha cegado y no sabes ni a quién contratas para los lavaderos. El primer error fue darle hace un año trabajo a David, tu hijo, del que nada sabías desde su nacimiento. Sin embargo, te diste cuenta después, cuando sospechaste de su nombre y apellido. Y mucho más cuando John, por orden tuya, me lo acaba de confesar, te enseñó el retrato de nuestra madre que mi hermano llevaba bajo la tapa del reloj de bolsillo. Sí, Jeff, David era tu hijo y mi hermano mayor, por parte de madre, a quien echaste al enterarte del embarazo. Jamás podría ser tu mujer, no; tenía que juntarse tu mina con la de otra rica hacendada de Sacramento. No se te ocurrió luego sino acabar con David, que vino a esta mina como podría haber ido a cualquier otra, sin saber que no querías que en un futuro le exigiera algo a tu, digamos, hijo legítimo y heredero. Después, pronto, cometiste el segundo error: contratarme a mí, un agente que trabaja para Pinkerton y que sigue fiel la leyenda de nuestro emblema: “Nunca dormimos”. Por supuesto que no dormí cuando supe que su cadáver había aparecido aquí y sin su reloj, que nunca abandonaba. Desde que mi madre se enteró por carta que trabajaba para vosotros, tampoco ha podido dormir.
Jeff creyó entrever un momento de descuido, un resquicio para demostrar su valor recuperado y puntería. Pero las balas del revólver que sacó del cajón fueron a parar al pecho de John, que había sido mi escudo. Un acto reflejo, tal vez una orden del destino, hizo que me desviase de la desgracia, y de mi revólver oculto, el que no había previsto Jeff, surgió otra bala para alojarse en el suyo.
Al salir, observé que cerca, alrededor del porche, las sombras de mis colegas de Pinkerton eran más alargadas: el sol buscaba ocultarse tras el horizonte. Y también vi que algo más lejos, hacia Sacramento, las fogatas de buscadores de oro levantaban su humo como penachos de una colosal corona india sobre el lago Folsom.
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