La casa del bosque
La casa del bosque
Alejandro inauguraba la jubilación. Su vida había girado como perito agrónomo en torno al gran bosque de la comarca. Así es que buscó una zona urbanizable, en una ladera, e instaló una casa prefabricada sobre una plataforma de hormigón. La construcción, de madera, lucía en armonía con su entorno exuberante de pinos y robles, en una planicie circular un poco hundida, como un apetecible trozo de tarta en el centro de un plato. No muy lejos, pendiente arriba, cruzaba una acequia que, finalmente, desembocaba en el pueblo, mucho más abajo. A partir de ahora, disfrutaría cada verano en la casa del bosque. Enseñaría a sus nietos, durante las vacaciones, a distinguir las plantas silvestres, a conocer el lenguaje de los corzos. Eran dos de sus grandes aficiones.
—Podrías cultivar un huerto. Nunca aprovechas el agua —llegó a decirle una vez su mujer, viéndolo un tanto ocioso.
Hasta que llegó un día en que anunciaron la llegada del gran incendio. La previsión era que el frente avanzase hacia allí. Los medios de comunicación daban por hecho que toda esa zona del bosque quedaría calcinada en menos de veinticuatro horas. Entonces Alejandro cogió una azada, cruzó la explanada y rompió un muro de la acequia. A continuación, se encerró con su mujer en la casa y aguardó confiado el desenlace de acontecimientos. Llegó a contemplar, durante bastante tiempo, el reflejo de un infernal anillo de llamas en la gran lámina de agua circundante. Sí, verdaderamente era un espectáculo sobrecogedor; pero el fuego no pudo arrasar su casa-isla.
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