Marcapáginas
Marcapáginas
Echó un ultimo vistazo a las estanterías del salón, repletas de libros. Así estaba toda la casa, como si las habitaciones fueran secciones de una biblioteca. Tras la muerte de su padre, se trajo otro centenar más. Jamás se había desprendido de ninguno; lo consideraba un delito. Pero si ahora pensaba trabajar desde casa, no quedaba más remedio que liberar espacios.
Poco después, cargó en la mochila una decena de ejemplares y abandonó el piso. Pero antes de salir del edificio miró su buzón. Ya estaba limpio de publicidad acumulada tras cinco años de estancia en el extranjero. No obstante, también había estado fuera de casa los últimos días, y a la hora de reparto del correo.
Había una sola carta, abierta… Él era el destinatario, pero como remitente figuraba su padre… Y le escribía desde un domicilio en el que ya no vivía. No en este mundo. Extraño, no: imposible.
El sobre contenía tres papeles distintos. Por un lado, un escrito a máquina de su padre, que, por la fecha, de siete años antes, y las primeras frases, recordó haberlo leído en su día. Por otro, una nota escrita a bolígrafo: “Nos conocimos aquella noche de bares en que hablamos de libros al ritmo frenético de muchas copas. Demasiadas. Tengo muy buen recuerdo, menos de la apuesta absurda de los cincuenta euros que te empeñaste en pagarme. Ninguno estábamos en condiciones de acertar a la diana con los dardos. Me quedé con tu nombre y apellidos y que vivías en mi mismo barrio. No sé dónde te has metido estos años, porque no hemos coincidido. Ahora sí sé tu dirección. He ido a tu casa, pero no estabas. Te devuelvo el dinero, pero no el ejemplar de Robinson Crusoe”. El escrito finalizaba con su nombre y teléfono. El último papel era el de los cincuenta euros.
En su mente, mientras se decantaba con rapidez el líquido turbio de recuerdos, se fue proyectando una escena reciente, muy verosímil, cuya protagonista era la coincidencia. Había estado dejando libros en diversos bancos de los parques cercanos. Lo que no había revisado bien era su interior, porque a veces dejaba como marcapáginas cualquier papel que encontrara, fuese un recibo de compra o incluso una carta de su padre.
Luciano Maldonado
(Gijón - 2024)
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