La casa del bosque Alejandro inauguraba la jubilación. Su vida había girado como perito agrónomo en torno al gran bosque de la comarca. Así es que buscó una zona urbanizable, en una ladera, e instaló una casa prefabricada sobre una plataforma de hormigón. La construcción, de madera, lucía en armonía con su entorno exuberante de pinos y robles, en una planicie circular un poco hundida, como un apetecible trozo de tarta en el centro de un plato. No muy lejos, pendiente arriba, cruzaba una acequia que, finalmente, desembocaba en el pueblo, mucho más abajo. A partir de ahora, disfrutaría cada verano en la casa del bosque. Enseñaría a sus nietos, durante las vacaciones, a distinguir las plantas silvestres, a conocer el lenguaje de los corzos. Eran dos de sus grandes aficiones. —Podrías cultivar un huerto. Nunca aprovechas el agua —llegó a decirle una vez su mujer, viéndolo un tanto ocioso. Hasta que llegó un día en que anunciaron la llegada del gran incendio. La pr...