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Joyas (71) Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros (Rosalía de Castro)

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    Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros   Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros, ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros, lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso de mí murmuran y exclaman: Ahí va la loca soñando con la eterna primavera de la vida y de los campos, y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos, y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado. -Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha, mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula, con la eterna primavera de mi vida que se apaga y la perenne frescura de los campos y las almas, aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.   Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños, sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?                             Rosalía de Castro

La niebla

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             La niebla La ciudad duerme en la niebla, que impregna sus decorados, vidas y calles desiertas, eterna noche sin fin. Nadie para otros ya cuenta, silencios sellan los labios, asumen ser marionetas, sombras que huyen de mí. Torpe, en cruel laberinto, cambio rumbo enajenado, abocado a un mal destino que quizás me he impuesto yo. Sólo si en verdad despierto, si me alejo de este extraño, si hago trizas este sueño, tal vez pueda ver el sol.                  Luciano Maldonado                         (Gijón, 2024)

Joyas (70) Caminante, no hay camino (Antonio Machado)

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    Caminante, no hay camino Caminante, son tus huellas el camino y nada más; Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino sino estelas en la mar.          (Antonio Machado)

El olor más fétido del mundo

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                                                              El olor más fétido del mundo En cuanto cruzó el portón de la verja, paró el coche, sin recorrer lo que faltaba para llegar al garaje. Los tres se colocaron las máscaras antigás que llevaban preparadas en el asiento trasero, pero sólo él abandonó el vehículo y se dirigió con cierta precaución a la parte trasera de la casa. Tras unos minutos, regresó junto a su mujer e hijo, pendientes de sacar las maletas, y les confirmó un mensaje que parecían saber desde hacía tiempo. — Efectivamente, ha sido por la puerta que da a la piscina. Habrá que cambiar la cerradura. Por lo demás, no he visto más destrozos. No hay peligro. Sus palabras sonaban graves y algo robóticas tr...

Sensaciones

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                Sensaciones Dejar fugaces huellas en la playa, creer que surca tu barco el horizonte, bañarse en luz solar cada mañana, notar que el orbe todo te responde. Alzar, al fin, los muros de una casa, poner a igual compás los corazones, oír con emoción primeras palabras, mecer su descanso con cien canciones. Volver a caminar sobre la arena, arrojar el lastre de empeños vanos, observar con confianza las estrellas, sensaciones de vida en cada paso. Hacer lento repaso de recuerdos, jugar, crecer, sentir, pensar si pienso o si es sólo un soñar entre dos sueños.                         Luciano Maldonado                            (Gijón - 2024)

Joyas (69) El remordimiento (Jorge Luis Borges)

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             El remordimiento He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados.   Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida, para la tierra, el agua, el aire, el fuego. Los defraudé. No fui feliz. Cumplida   no fue su joven voluntad. Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte, que entreteje naderías.   Me legaron valor. No fui valiente. No me abandona. Siempre está a mi lado la sombra de haber sido un desdichado.                                      Jorge Luis Borges

El clavo

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  El clavo Juan y Rafael tenían mucho que contarse después de no verse en veinte años. Habían quedado en aquel restaurante y, como era obvio, la cena se alargó. Eran los últimos comensales, pero faltaba apurar el vino. No había camareros; sólo la dueña, que ansiaba cerrar. La conversación era animada. Estaban de acuerdo en todo, pero no en las cadenas de casualidades. —La famosa teoría del caos y el vuelo de la mariposa —dijo Juan para explicarse. —Bobadas —contestó Rafael— Causas y efectos son siempre previsibles. —Mira: ¿conoces ese poema de que por un clavo se perdió un reino?… —No. —Dice que por culpa de un clavo torcido se cayó una herradura; luego, por culpa de esa herradura, se cayeron el caballo y el jinete. Como éste era importante, se perdió la batalla. Y, finalmente, todo el reino. —Anda, Juan, ¡y todo por un clavo!… ¡Demasiado exagerado! —Y dio un manotazo al aire, que acabó por tirar su copa de vino. Enseguida, la dueña acudió con una ba...